miércoles, 22 de octubre de 2008

Rosario, Octubre de 2008

Tribuna Introspecciones -
Del licenciado Ricardo Marconi

EL ÚNICO TESTIGO FUE EL PAJARITO

Llegaron agitados con el fotógrafo, tras subir las escaleras hasta el angosto y helado pasillo del tercer piso. Abajo permaneció preocupado, apretujado y temeroso un grupo de vecinos de 9 de Julio al 100. Habían llamado asustados a la policía y al diario y las autoridades aún no se encontraban en el lugar.

Un olor nauseabundo y ácido se filtraba por cada resquicio del piso segundo, proveniente del departamento 2, donde les dijeron que vivía un modisto, de apellido Nievas, hijo del canillita del barrio, al que hacía varios días que no veían.

Tras mirarse inquisitivamente el periodista y el fotógrafo, el primero tomó su pañuelo e hizo girar el picaporte de la puerta que se abrió con un chirrido. La abertura estaba cerrada, pero sin llaves. Un silencio sepulcral y un vaho asqueroso se le abalanzó, aunque no pudo impedir que ingresaran.

Las luces se hallaban prendidas en su totalidad, a excepción de las del dormitorio, dónde una persiana levantaba parcialmente, ofrecía una visión del lugar poco espacioso y en penumbras.

Dos vecinos, a llegar a los edificios les habían dado datos sobre la disposición de las habitaciones en el departamento. En primera instancia nada llamó su atención. Telas cortadas y materiales de trabajo específicos de un diseñador se hallaban meticulosamente ordenados. Sólo podía escucharse el martilleo de la cámara del fotógrafo del diario, quien luchaba por escapar del ambiente asfixiante que dominaba el lugar. Paralelamente, por el intenso frío, se elevaban las volutas de aire que expulsaba el cronista de sus pulmones.

La recorrida continuó en el dormitorio, prolijamente ordenado. En ese momento ingresaban a la pieza un comisario y un suboficial de la seccional primera, con sus habituales caras de pocos amigos.

Sin mediar palabras, en un diálogo de miradas, decidieron todos, al unísono, ingresar al baño. Allí el panorama era atroz. La bañera y los azulejos estaban llenos de grandes manchas sanguinolentas y al mirarlas en el cerebro del fotógrafo explotó, como un flash, la imagen de una pintura surrealista.
Una vecina, que se atrevió a subir al tercer piso, no soportó el espectáculo de sangre y elementos esparcidos con violencia en el baño y tuvo un ataque de nervios. El suboficial logró aferrarla y llevársela casi a rastras hasta el ascensor.
Regresaron el periodista con el fotógrafo y el comisario al dormitorio, intrigados por la falta de un cuerpo inerte, que obviamente había sido herido mortalmente y sacado de la bañera, arrastrado por el piso y que finalmente parecía haberse esfumado.
El investigador en esta oportunidad encendió la luz y los muebles, nuevos, resaltaron por su lustre caoba. Todo parecía, una vez más, en perfecto orden y obsesivamente limpio.
De pronto, impulsado por un acto reflejo, cargado de experiencia, el comisario arrancó la frazada e imprevistamente surgieron las sábanas y las almohadas empapadas en sangre
"Aquí lo reventaron a Nievas”, afirmó el oficial sin ambages, y de inmediato comenzó a girar la vista de un lado a otro hasta detenerse en los pantalones, la camisa y el calzoncillo arrojados sobre una de las sillas y un perchero que se hallaban junto a la cama.

Los vecinos, juntando valor, decidieron subir hasta el lugar del crimen y desde la puerta de acceso al departamento comentaban atribulados las circunstancias de un crimen con un cuerpo exánime inexistente.

Mientras tanto el comisario, ni lerdo, ni perezoso, revisaba los bolsillos del pantalón y dejaba el forro de los mismos, vacíos, colgados hacia fuera.”A éste tipo le sacaron la talanga”, aseguró el investigador, mientras que hacía gestos para que comprendieran todos los que estaban allí que a Nievas lo habían robado.
Resueltamente Marcelo, el fotógrafo, abrió con firmeza el ropero y allí se encontró con el modisto, desnudo, apretado entre el fondo del mueble y las puertas, en posición fetal, con el cráneo hundido, lleno sangre reseca y salpicaduras en la mitad derecha e inclinada del rostro y del cuerpo, mostrando las secuelas de un impacto feroz.

El jefe de la División Homicidios apareció de improviso en el lugar y comenzó a mirar con amargura el cuerpo de la víctima invadido por el rigor mortis.
A todo esto un hombre canoso, de alrededor de setenta años y con kilos de más, acompañado de los vecinos ingresó al dormitorio, tras reconocer a su hijo, asintió con la cabeza visiblemente apesadumbrado y abatido se sentó en la cama, de donde los policías lo levantaron de inmediato para sacarlo a tomar aire y para que no eliminara pruebas.
"Lo mataron pegándole en la cabeza con esto”, afirmó otro policía, mientras mostraba una estatua de medio metro de Sócrates, con manchas de sangre que mostraban la saña con la que fue asesinado el modisto.
Tras recoger los datos que utilizaría en la crónica la dupla periodística se retiró del departamento invadidoahora por peritos de criminalística.
El cronista, en la puerta de salida del departamento anotó los últimos datos y giró la vista hacia el lavadero del departamento del modisto exánime para echar una última mirada entristecida por los momentos vividos. Fue en ese instante que logró advertirlo en el interior de su jaula amarilla despintada, junto al pequeño bebedero y a un recipiente lleno de alpiste, casi paralizado de miedo por el ir y venir de tanta gente desconocida. Entonces comprendió que el único testigo había sido el pajarito.

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